El crimen entre matemática y literatura, de Françoise Prioul

Algunos elementos para una lectura de Crímenes imperceptibles y La muerte lenta de Luciana B. de Guillermo Martínez

Huelga recordar que la coyuntura particular a la que han sido sometidos varios países latinoamericanos a finales del Siglo XX y principios del siglo XXI ha ido modificando los cánones y parámetros de la ficción, y en particular, de un género peculiar de ficción: el policial. En efecto, tras la oleada de dictaduras de los años 70, con su retahíla de crímenes políticos y rachas de violencia estatal que han dado pie a estudios sobre la lógica o la locura de los asesinos, las crisis económicas y sociales de principios del siglo XXI han acarreado una violencia vinculada con el narcotráfico en la que interfieren a veces restos de guerrilla. Aunque pone en escena a otros tipos de actores, tiene un punto en común con la primera: su escala, el número de víctimas y muertes que provoca. Una de las consecuencias literarias de tal fenómeno referencial ha sido la aparición de novelas neopoliciales, novelas negras, etc. donde descripciones del horror materializado por un sinnúmero de cadáveres y cuerpos descuartizados, han ido sustituyendo el análisis riguroso y racional, el juego intelectual con filigrana moral que constituía parte del éxito del género policial tradicional.
Sumida en una situación sin precedente por el derrumbe económico y social del 2001, la Argentina ha dado a luz a escritores y artistas que, descreídos de las soluciones estatales o nacionales, han dado rienda suelta a su desilusión, interesándose por situaciones particulares, microcosmos psicológicos o destinos individuales, sueños y frustraciones de gente común, como si sólo a este nivel pudieran elaborarse soluciones viables: el cine de Sorín, o de Daniel Burman, el género policial, a través de la obra de Guillermo Martínez plasman estos nuevos rumbos estético-existenciales. Este autor, nacido en Bahía Blanca en 1962, doctor en matemáticas por la Universidad de Buenos Aires, escribió su primera obra ficcional (un libro de cuentos) en 1982; tras publicar otra serie de cuentos en 1989 (Infierno grande) premiadas ambas obras a nivel nacional, probó el género novelístico con Acerca de Roederer (1992). Después de un ensayo sobre Borges y las matemáticas (2003), se granjeó una fama internacional al incursionar en el género policial, relacionándolo primero con las matemáticas, y a continuación, con una reflexión acerca del poder de la literatura sobre un aspecto particular de la realidad: el desvío, tal y como aparece en el crimen. Las dos novelas que nos proponemos analizar ponen en escena dos microcosmos, dos esferas de extensión privada, «reducida»: los matemáticos de Oxford en la primera, y el entorno de un escritor –o más bien dos escritores: un tal Kloster y un «yo»– en la segunda. Publicada también en 2003, Crímenes imperceptiblesrelata la historia de un joven estudiante de matemáticas que al poco tiempo de instalarse en Oxford como becado de doctorado, encuentra el cadáver de la anciana en cuya casa se aloja, la cual ha sido asesinada por asfixia con una almohada. Anunciado por una notita anónima enviada a uno de los especialistas de lógica más destacados, Arthur Seldom, el asesinato aparece como un desafío intelectual y al mismo tiempo resulta ser el primero de una serie de crímenes tan misteriosos como «imperceptibles» (en el sentido de que podrían pasar por accidentes). Publicada posteriormente (2007), La muerte lenta de Luciana B., pone en escena a otro «yo», escritor esta vez, que recibe el llamado de una chica que le sirvió de secretaria 10 años antes y vive aterrorizada tras la muerte de su hermano, su novio y sus padres, obsesionada por la idea de que estas muertes son crímenes disfrazados de accidentes como venganza metódica de Kloster, el escritor de policiales para quien trabajó también diez años antes y a quien demandó (impulsada por su madre) por acoso sexual. A pesar de la diferencia de situaciones entre las dos novelas (lugares distintos, protagonistas distintos, métodos utilizados también distintos), algunos puntos comunes le llaman la atención al lector: ambas novelas corren a cargo de un narrador homodiegético cuyo nombre no aparece nunca, ambas relatan crímenes o muertes en serie, en ambas, las muertes están en un deslinde entre el accidente y el asesinato, y ambas sugieren un método o una clave de lectura: las teorías matemáticas sobre las series y su aplicación a la criminología por una parte, las mismas teorías metalingüísticas sobre el policial por otra parte. En realidad, cada novela pone de manifiesto cierto recorrido iniciático del yo a distintos niveles, y tras él, de un autor que explora un territorio «actual»: la relación entre matemática y crimen, o entre sistemas matemáticos (cerrados por definición) y realidad, entre literatura y crimen pero también entre literatura, matemática y crimen, desarrollando de forma sutil un discurso en filigrana sobre la validez de tales modelos y abriendo las pistas de un nuevo género que reúne lo policial y lo fantástico, cuyas modalidades vamos a intentar esbozar en el marco estrecho de este estudio.


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